domingo, 16 de octubre de 2011

Everyday is a Sunday evening.

Al escuchar esas palabras, sorprendida por lo mucho que se identificaba con ellas, se sentó en el borde de la cama de un impulso y suspiró. "¿En qué se ha convertido mi vida? Lo que es más, ¿cómo ha cambiado todo tan rápido?" De repente, la embriagó una profunda tristeza. No era el tipo de tristeza que desaparece con una sonrisa, sino esa que tras acompañarte cada día durante cierto tiempo acaba siendo visible en tus ojos, en la forma en la que hablas, en todo lo que haces.

Antes su vida era prácticamente perfecta. Por mucho que se quejara, tenía todo lo que podía desear para nunca querer dejar su pequeña ciudad. Cada noche se acostaba sonriendo y cada mañana se ponía en pie con ganas de comerse el mundo. Ahora, medio año más tarde, se metía en la cama pidiéndose a sí misma ser capaz de sonreír lo suficiente al día siguiente y amanecía, tras alguna que otra pesadilla, permitiéndose estar triste sólo un día más.

Lo curioso es que no echaba de menos la presencia física de alguien en concreto tanto como el sentimiento de seguridad que solía tener. Cada noche hacía una lista mental de todos los bonitos momentos pasados e intentaba recordar cómo se había sentido en cada uno de ellos. No quería olvidar ese cálido sentimiento de saber que alguien creía en ella, que alguien creía en sus sueños y en la posibilidad de cumplirlos algún día, que alguien haría que todo saliera bien y, que si todo fallaba, alguien estaría ahí para salvarla. Como siempre. Ese sentimiento había abandonado su corazón a su suerte hacía ya tiempo y ahora se encontraba más sola que nunca.

Intentaba pensar cada día que nunca se acaban las oportunidades mientras seas capaz de darte una a ti mismo, pero cada vez era más difícil. Todo parecía desvanecerse poco a poco. Necesitaba desesperadamente que alguien volviera a creer en ella.

Welcome to my life.

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